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NOVENARIO, IMPOSICION MEDALLA DE ORO DE LA PROVINCIA Y ROMERÍA A TORREGARCIA~ACTOS Y CULTOS DE LA VIRGEN DEL MAR

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Diputación honra la Virgen del Mar con la Medalla de Oro en su Santuario

EN SU CAMARÍN DOMINICANO DE ALMERÍA .                                                  

 Homilía del Obispo diocesano en el IV Domingo de Adviento                 Misa vespertina del sábado 21 de diciembre 2013

Rvdo. P. Prior y comunidad de la Orden de Predicadores, Muy Ilustres señores Capitulares, Excmas. e Ilmas. Autoridades, Queridos hermanos sacerdotes, cofrades de la Virgen y demás fieles:
          Cuando el Pleno de la Corporación Provincial otorgaba el pasado 27 de septiembre la Medalla de Oro de la Excma. Diputación Provincial a la devoción mariana a la santísima Virgen del Mar, Patrona de Almería, toda la comunidad diocesana reaccionó con gran satisfacción, al considerar que, con esta distinción, se hacía justicia a una realidad determinante de la historia de nuestra provincia, como ha sido la devoción a la Virgen del Mar a lo largo de los más de quinientos años que nos separan del hallazgo por Andrés de Jaén, en 1502, de la sagrada imagen de María flotando sobre las aguas de Torregarcía.                                   La Virgen del Mar ha acompañado desde entonces el peregrinar de las gentes de Almería y su comarca en la travesía histórica que cubre estos cinco siglos de devoción mariana. La advocación de Nuestra Señora la Madre del Señor como Virgen del Mar está indisolublemente unida a la aventura histórica de Almería. Primero, porque su arribo a las playas de Torregarcía la colocaba en la linde marina de estas tierras: la costa que abre Almería al Mar Mediterráneo y abre asimismo su tierra firme a quienes llegan hasta ella por las aguas. El mar ha sido una amenaza permanente de invasión no deseada y una puerta a la aventura histórica, a la supervivencia y al encuentro con las gentes de los pueblos del Mar común.          Después, porque la vigilancia para advertir de la invasión, con el hallazgo de la imagen de la Virgen daría paso al convencimiento de que la verdadera salvaguarda frente al invasor había de ser el auxilio divino. María se convertía así en la protectora de estas tierras, a la que sus pobladores han acudido con fe, para suplicar la custodia de la vida y de la fe frente a todos los peligros que han amenazado a ambas. Almería ha recorrido estas cinco centurias desde la restauración de la cristiandad hasta hoy amparada en la singular protección y patrocinio de Santa María.          Justamente hoy celebramos 511º aniversario del «admirable hallazgo» de la imagen de la Virgen del Mar, cuando la liturgia cristiana alcanza el cuarto domingo del Adviento y, con él, entra en escena la figura de María protagonista junto al Niño de los primeros capítulos de la crónica evangélica. La entrada de la Virgen en la escena litúrgica del Adviento tiene dos referencias propias. Una es la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen, en la cual se anticipa en su santísima Madre la redención de la humanidad traída por Cristo, porque el Hijo de Dios recibió nuestra humanidad por medio de la Virgen, y así la redención nos llegó por la encarnación del Hijo eterno en el vientre de María. La otra referencia del Adviento a la Virgen llega con la lectura de los evangelios de la infancia de estos días últimos del Adviento; y que en el cuarto domingo recoge el cumplimiento en María del oráculo del Emmanuel, que hemos escuchado en la lectura de Isaías.                  El profeta denuncia la falta de fe del rey Acaz, que solicita la intervención del poder militar de Asiria para librarse de la amenaza de Egipto. Acaz no cree en el poder de Dios para librar al pueblo elegido frente Egipto y está dispuesto al vasallaje de Israel, que a cambio de la protección ha de rendirse ante Asiria. El profeta desafía al rey a pedir una prueba de que goza de la protección divina, pero el rey la rechaza bajo capa de religiosidad. Se niega a pedir la señal y responde al profeta: “No la pediré. No quiero tentar al Señor” (Is 7,12). La reacción del profeta es el anuncio del nacimiento del Emmanuel: “Mirad: la virgen está en cinta y da a luz a un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa: «Dios-con-nosotros»)” (Is 7,13).          Por María, Dios se ha hecho en Cristo Dios-con-nosotros, se ha hecho Emmanuel. María se ha convertido en figura de la Iglesia, figura de la humanidad nueva que en ella tiene comienzo, liberada de todo pecado; del mismo modo que la primera humanidad convertida culpablemente en pecadora tuvo comienzo en Eva. De suerte que lo que perdimos por Eva lo hemos recuperado con sobreabundancia por María. Entre las lecturas de los santos Padres que leemos estos días en el oficio divino, leemos en san Ireneo: «Pues de la misma manera que Eva, seducida por las palabras del diablo, se apartó de Dios, desobedeciendo su mandato, así María fué evangelizada por las palabras del ángel, para llevar a Dios en su seno, gracias a la obediencia a su palabra. Y si aquella se dejó seducir para desobedecer a Dios, ésta se dejó persuadir a obedecerle, con lo que la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva» (San Ireneo, Adv. haer., lib. 5, 19,1: SC 153, 248s).          Por María la humanidad llegó a ser la ciudad habitada por Dios. María figura de esta humanidad habitada por su divino Hijo anticipa en sí misma la suerte de la humanidad redimida y salvada. Esto acontece por la gracia misericordiosa de Dios, tal como dice el apóstol san Pablo a los Romanos recordándoles que Jesús es Hijo de Dios e hijo del hombre como «hombre verdadero», por ser hijo de María. Hijo de Dios, por haber sido engendrado en la eternidad, antes de los siglos, antes de la creación del mundo universo; e hijo del hombre por descender según lo humano de la estirpe de David. Que Jesús es Hijo de Dios se revela al hombre por la resurrección de entre los muertos. Es lo que quiere decir el Apóstol cuando afirma que Jesús ha sido “constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo nuestro Señor” (Rom 1,3-4).          Jesús es asimismo hijo del hombre por ser hijo de María, como también afirma el Apóstol en la lectura de Romanos que hemos escuchado, al decir que el evangelio de Dios que él proclama fué “prometido ya por sus profetas en las Santas Escrituras, se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David” (Rom 1,2-3). María y José eran de la estirpe de David y a ello se refiere san Pablo, que no duda en hablar de Jesús como “nacido de una mujer” en la plenitud de los tiempos (Gál 4,4).          Por eso, el ángel revelando este misterio acontecido en las entrañas de María a su esposo José, le llevará en sueños a comprender que en María se ha cumplido la profecía de Isaías: “porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Jesús viene de Dios y es verdadero salvador de los hombres, porque el hombre no puede salvarse a sí mismo. De aquí la importancia de la fe en lo acontecido en María, que por designio de Dios se convierte en Redemptoris Mater, en la Madre del Redentor, título en el que recapituló el Papa Juan Pablo II su bella encíclica «sobre el misterio de María en la vida de la Iglesia peregrina». Porque María lleva en su vientre al Redentor, el ángel introduce a José en el misterio de María llevándolo a la comprensión de su misión en la historia de la salvación del género humano: “Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1,21).          María precede de este modo a Cristo en cuanto hombre en el tiempo y su figura aparece, en este tiempo santo del Adviento que llega a su término, como la estrella matutina (stella matutina) que precede la salida del sol. Dice Juan Pablo II en su encíclica: «En efecto, igual que esta estrella junto con la aurora precede la salida del sol, así María desde su concepción inmaculada ha precedido la venida del Salvador, la salida del «sol de justicia» en la historia del género humano. Su presencia en medio de Israel —tan discreta que pasó casi inobservada a los ojos de sus contemporáneos— resplandecía claramente ante el Eterno, el cual había asociado a esta escondida hija de Sión (cf. So 3,14; Za 2,14) al plan salvífico que abarcaba toda la historia de la humanidad» (Juan Pablo II, Carta encíclica        Redemptoris Mater, 25 marzo 1987, n. 3).                El pueblo cristiano ha conocido e intuido con honda piedad mariana el alcance de salvación que encierra el misterio de la divina maternidad de María. Por eso ha acudido a ella y en ella ha buscado el amparo y el cobijo frente a las dificultades de la vida, pero también ha buscado la fuerza espiritual para poder imitar el ejemplo de María, obediente al designio de Dios y modelo de fe en el poder del Altísimo, “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37; cf. Gn 18,14). Los cristianos han invocado a María como auxiliadora de la cristiandad amenazada, amparo y baluarte frente al enemigo de la fe. Del mismo modo se han acogido a su patrocinio y han visto en ella la luz de la estrella que brilla en la noche anunciando que llega la alborada de la aurora y la salida del sol. Estrella matutina y estrella de los mares, María ha sido en la historia de nuestro pueblo camino para llegar a Cristo, el Dios hecho hombre, el Dios-con–nosotros que ha querido venir a habitar en medio nuestro y poner su tienda junto a la nuestra como Redentor del hombre.         Que la Medalla que hoy colocamos en el manto de la Virgen nos recuerde siempre que María es por decisión de nuestra fe presencia real de Dios en nuestra historia y en la vida de cada uno de nosotros. Acudamos a María y a José, el esposo que Dios dió a la Virgen Madre como custodio de Jesús y transmisor del nombre de la estirpe de David, el esposo al que Dios dió a conocer en la fe el misterio de María, y dejémonos llevar por María y por José hasta Cristo.
Lecturas bíblicas:                                                                                                                    Is 7,10-14            Sal 23, 1-6                                                                                                  
Rom 1,1-7                                                                                                                            Mt 1,18-24

Santuario de la Virgen del Mar     Almería, 21 de diciembre de 2013                                            Domingo IV de Adviento
   + Adolfo González Montes                                                                                                              Obispo de Almería                                                                                              CPublicado el 24 Diciembre 2013

CARTA PASTORAL DE NAVIDAD

        ACTOS Y CULTOS EN HONOR DE NTRA. SRA. LA SANTISIMA VIRGEN DEL MAR PATRONA DE ALMERIA CONMEMORATIVOS DEL 511 ANIVERSARIO DE SU APARICION                               EN TORREGARCIA 1502-2013  
Día 12 enero Romería a Torregarcía 
A las 08:30  horas   Misa de Romeros en el Santuario de Nuestra Patrona  presidida por Fray Antonio Bueno Espinar O.P. Prior de los Padres Dominicos  y Consiliario de la Hermandad. 
A continuación a las 9:00 horas salida hacia Torregarcía. 
A las 12:00 horas   Solemne Eucaristía en la Ermita de Torregarcía  presidida por el Excmo. y Rvdmo. Dr. D.  Adolfo González Montes, Obispo de Almería
A las 17:00 horas  Salida de Torregarcia hacia Almería, parando la imagen de nuestra Sra. la Stma. Virgen del Mar en el Alquián, La Cañada, El Puche (en el cruce), los Molinos, Seminario y Parroquia de San José.  
A las 19:30 horas Llegada a la Plaza San Sebastián, desde donde se procesionará a hombros la imagen de nuestra Sra. la Stma. Virgen del Mar hasta su Santuario, donde se cantará la Salve. 

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05/12/2013 08:15 ppp #. Cultura No hay comentarios. Comentar.


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